La historia es una conspiración

No puedo negar que me apasiona el estudio de la historia. Hace unas décadas, dedicarse a ello era mucho más complicado que ahora sobre todo a la hora de buscar libros, documentos, textos, mapas y diversos materiales para su estudio. Poder leer in extenso algún viejo cronicón era bastante difícil, y aun con la benia que se le otorga al diplomado y catedrático para acceder a ellos, suponía el esfuerzo económico y de tiempo el poderse trasladar a las exclusivas bibliotecas que los poseían en su haber para poderlos ojear y leer, muchas veces con guantes y bajo la atenta mirada de un celador. Ahora todo esto ha cambiado, con un poco de paciencia y sabiendo buscar uno puede encontrar gran cantidad de información de primera mano en la red de redes. Así que esto, a los interesados en la historia anónimos y autodidactas nos ha facilitado mucho nuestra labor.

Lo primero que me fuí dando cuenta cuando empecé a leer y consultar documentos gráficos y escritos del pasado es que hay un gran misterio en la Edad Media. Lejos de ser algo secundario, este “misterio” en verdad afecta a toda la historia. La cuestión es que todos los escritos que uno puede consultar sobre el pasado no se remontan más allá del siglo X. Se habla de los evangelios y de la Biblia y de su indudable antigüedad. Pese a asegurarnos los estudiosos que son escritos del siglo III y IV de nuestra Era, resulta que los documentos físicos en realidad son sólo eso, copias de copias, siendo los más antiguos del siglo X-XI. De los textos denominados “clásicos” y que se atribuyen a autores romanos y griegos, sólo poseemos las copias manuscritas hechas por los mojes cristianos, quienes afirman que los copiaron de originales anteriores de gran antigüedad. No obstante, los más viejos que poseemos en las bibliotecas, remontan su manufactura al siglo X-XI. En cuanto a la Biblia, existen textos de la misma que se remontan a muchos siglos atrás. Teniendo en cuenta los recientes descubrimientos de Qumram y de Nag Hammadi y a la luz de los datos arrojados por las pruebas de radio carbono (método que no es tan efectivo como nos lo venden) que se han efectuado en ellos, podemos «asegurar» que tenemos fragmentos de la misma escritos en copto y en otras lenguas antiguas cuya antigüedad oscila entre los 1.800 a 2.300 años. Por supuesto, están los textos asirios y sumerios que nos hablan de relatos bastante parecidos, por no decir idénticos a los que se citan en la Biblia, en especial en el Génesis. Diferente es lo que nos sucede con los textos del Nuevo Testamento, eso sin centrarnos en los innumerables evangelios apócrifos, algunos de ellos encontrados en Nag Hammadi, cuyo contenido pone en cuestión mucha de la “doctrina cristiana” comunmente adoptada. Antes de que se descubrieran estos documentos (Nag Hammadi y Qumran) los textos más antiguos de la Torah o Tanaj (Antiguo Testamento para los católicos) en lengua hebrea fueron el Codex de Alepo y el de Leningrado que datan de los siglos X y XI de nuestra Era. Hay quien los remontan al siglo VIII, pero esto no está ni probado ni documentado.

De todos los documentos citados, se nos hace un tanto sospechoso el hecho de que no se hayan encontrados copias de los mismos que daten del siglo II hasta el X. Es decir, tenemos un vacío de 800 años entre las más antiguas halladas y las siguientes por cronología. Antes tendremos que citar el Codex Argenteus, la conocida Biblia de Ulfila y algunos otros libros que contienen evangelios sueltos o partes de la Biblia y que se les atribuye una antigüedad que va desde el siglo IV al VI. Un examen detenido de estos evangelios y la lengua utilizada en los mismos, asi como la tipografía, de que parecen más del siglo X que anteriores a esta fecha. En mi modesta opinión, se les atribuye una antigüedad que no les corresponde.

Hablando con algunos historiadores y arqueólogos, cuando les he preguntado por este vacío de documentos durante tantos siglos, argumentan que muchos de ellos fueron destruídos después de que se hiciesen nuevas copias de los mismos. Es por ello que sólo nos han llegado las copias más recientes. No dudan de que quizás en algún momento se descubran nuevos documentos más antiguos en excavaciones pero, en principio, ese vacío persiste quizás porque se fue demasiado meticuloso en aquel entonces a la hora de destruir la copia anterior.

Otra cosa que desde joven me llamó la atención fueron las obras del renacimiento y el gótico. El Renacimiento se nos presenta como una época luminosa donde, valga la redundancia, renacen todas las artes y las ciencias después de siglos de oscurantismo. Son formidables casi todas las obras de este período que engloba el siglo XV y XVI y que marca el final de la Edad Media. Llama la atención ese retorno reivindicativo a los valores greco-romanos. De repente salen de sus escondrijos multitud de obras clásicas atribuídas a Platón, Pitágoras, Homero con su Odisea e Ilíada, Esiodo, Esopo, Esquilo, Sofocres, Eurípides, Demóstenes, Apolonio de Rodas, Cicerón, Julio Cesar, Virgilio Marón, Horacio, Ovidio, Séneca, Plutarco, Tácito, Marco Aurelio y un largo etc. Obras que, al parecer, se mantuvieron celosamente ocultadas por la Iglesia durante siglos en numerosos monasterios y que, de forma paulatina son liberadas para que sean ampliamente conocidas. ¿Qué raro? Pero ¿no son obras de paganos que merecían perecer en la hoguera? Para que su difusión fuese aun mayor, en 1450-1460 (siglo XIV) se desarrolla la imprenta de tipos móviles, invención que daría un auge asombroso a la copia de libros que antes tenían que ser escritos a manos por escribas y cuyo costo era prohibitivo incluso hasta para los más pudientes. Por supuesto, el primer libro que se imprime en la imprenta de Johannes Gutemberg es la Biblia. Parece que es este “invento” el que impulsó la publicación de numerosos libros clásicos pero, insisto, estos no se habrían publicado si no hubieran sido liberados previamente por la iglésia católica que los tenía practicamente todos bajo su control. Pocos saben que la imprenta ya era conocida por los chinos unos cuantos siglos antes y que, de hecho, fue uno de los muchos regalos tecnológicos con los que obsequíó el Emperador Zhu Di a los diferentes reinos europeos del Mediterráneo cuando su Gran Embajada formada por una inmensa flota marina comandadada por Zheng-He los visitó a principios del siglo XV. Esa inmensa flota marítima ya había cartografíado el mundo entero conocido, incluida América y la Antártida.

Lo mismo sucede con el arte. Los artistas comenzaron a representar en sus cuadros escenas de la mitología griega y romana e incluso se atrevieron a ir más allá rivalizando con ella en esplendor y grandiosidad cuando comenzaron a construir grandes edificios tan semejantes a los romanos o griegos que serían difíciles de diferenciar. Las esculturas rivalizaban con las más perfectas confeccionadas por los artistas griegos y romanos. Hasta tal punto era así que se nos haría difícil decir si el Laocoonte fue una obra que se “supone” por estilo del siglo I de nuestra Era o tal vez la inspirada obra de algún artista de principios del Renacimiento. Curiosamente, fue descubierta en aquella época y ahora forma parte de la colección Vaticana, un sitio donde -como todos sabemos- es complicado hacer investigaciones de más calado al respecto.

Formalmente, la Edad Media es un período de tiempo que abarca desde la caída del Imperio Romano en el siglo V (año 476 dC) hasta el año del descubrimiento de América en 1492 (siglo XV). Se entiende como Alta Edad Media al período de tiempo que va desde el siglo V al siglo X. La Alta Edad Media es, sin duda el período más oscuro de toda la Edad Media. Sabemos más del Imperio Romano, de los griegos e incluso de Egipto y de Sumeria que de los sucesos históricos, sociales, religiosos y cotidianos de la Alta Edad Media. Tanto es así que muchos historiadores la bautizaron como la Edad Oscura por la gran ignorancia que se tenía de la misma. Recuerdo que en la escuela lo más que nos explicaban en España de este período era que los pueblos bárbaros invadieron el Imperio Romano y que España fue tomada por los godos, visigodos y ostrogodos. Nos hacían aprender de memoría el nombre de los 33 reyes godos que dominaron la península, lista que comenzaba con Ataulfo y acababa con Rodrigo. Era un ejercicio memorístico obligado ya que formó parte de la pedagogía progresista de aquellos tiempos. Todo infante debía saberse los reyes godos de memoria. Nadie se paraba a pensar, y menos a la edad de 12 años en que muchos de aquellos reyes prácticamente se solapaban en el tiempo y entre unos y otros había periodos en los que, literalmente, no gobernaba nadie. ¿Qué importancia tenía eso para un niño? Pero, seguramente para el serio investigador si que era importante.

Luego, nos explicaban lo de la conquista musulmana y los 700 años de dominio árabe. No crean que aquí explicaban mucho más, pese a que los árabes si eran dados a escribir y enseñar en sus escuelas además de aprender a recitar el Corán, otras cosas referentes a la medicina, la astronomía y el conocimiento en general. Cuando los cristianos pudieron reconquistar Toledo, sucedió algo curioso que debo mencionar aquí. Primero decir que Toledo fue muy rebelde a la dominación musulmana y que después de diferentes episodios de insurrección Abd al-Rahman III consiguió aplastar a los rebeldes en el año 932 y comenzó un período de estabilidad apuntalado con acuerdos puntuales con los reyes de Castilla a cambio del pago de tributos. Poco más de un siglo después la ciudad sería tomada por Alfonso VI del Reino de León quien, no obstante de haber conseguido una olgada victoria, llega al insólito acuerdo de respetar a las comunidades mozárabes y judías en vidas y bienes y, además, otorgarles un fuero independiente a ambas que luego fué refundido en uno sólo en el año 1118. A partir de ese momento, esta ciudad se convirtió en una de las ciudades más esplendorosas de la península, donde se desarrollaron las artes y las ciencias y su biblioteca era afamada. Alfonso VI hizo tan importante a Toledo que, durante mucho tiempo se convirtió en la capital de España y sede de la corte. Centrándonos en el conocimiento y las ciencias ¿Qué sucedió con todo ello? Nos enseñaron que Alfonso X el Sabio, hizo que muchas de esas obras árabes y judías se tradujeran para que fueran de conocimiento mutuo. Sin embargo, pocas han llegado a nuestras manos y se conocen en la actualidad.

Poco más sabemos de la Alta Edad Media, 600 años en los que sobrevivió poca historia escrita y quedaron escasos restos. Ciertamente, conocemos listas de reyes y nobles pero no parecen estar del todo completas, algunos personajes son legendarios, de otros apenas se tienen reseñas. Hay periodos y lugares en los que no sabemos quien gobernaba y en otros, en cambio tenemos a varios reyes gobernando a la vez. Tampoco está muy bien definida la geografía, ni el nombre de ciertas ciudades ni la exacta ubicación de ciertos pueblos y naciones. No sabemos de donde vinieron los godos, ni los visigodos ni otros muchos pueblos “bárbaros” y lo pongo entre comillas ya que, los que verdaderamente eran llamados bárbaros, eran las tribus nómadas del Norte de Africa. Por supuesto, era una mala pronunciación de berbers (bereberes o amazhigs).

Sin embargo, la información parece fluír a borbotones a partir del renacimiento y se acentúa aún más si cabe a partir del siglo XVII-XVIII. Es una época vigorosa en todos los sentidos, en las ciencias, en las artes, en la literatura, en el desarrollo comercial y en las guerras. Aparecen nuemerosas naciones que tan pronto son muy relevantes como son absorvidas por otras. Las guerras son más violentas y se hace mayor uso de las armas de fuego, cañones, etc. Surgen grandes imperios como el Español y el Portugués, seguidos del Francés y el Británico, sin olvidar los Imperios Ruso y Austro-húngaro, el Imperio Otomano, el Tartaro, el Mongol, el Chino, el Japonés, etc. El mundo se enzarza en grandes guerras y el Juego Final es la Conquista del Mundo. Un juego que, por supuesto aun no ha finalizado. En el camino han quedado otros grandes Imperios, como el Romano, el Mongol, el Sasánida, el Tártaro o el Egipcio.

Siempre me pregunté sobre el final del Egipto faraónico. Es tan extraño su final como su inicio. Es, de entre todas las civilizaciones, la más lóngeva con diferencia. Si hacemos caso a las fechas que nos han dado sobre la aparición de las primeras dinastías y la desaparición de la cultura egipcia, cuya influencia se apagó -dicen los doctos- allá por el siglo V de nuestra Era. Siglos después ya apenas se sabía nada de aquella esplendorosa civilización que, con diferencia, ha sido la que más restos históricos y escritos ha dejado en el mundo. Tenemos que remontarnos a la toma de Egipto por Napoleon ayudado por los mamelucos, cuando comienza a despertar en las esferas culturizadas de Occidente un innegable interés por lo egipcio. En unas décadas aparecería Champollion quien -afirman de nuevo los doctos- nos abrió las llaves a la comprensión de los jeroglíficos egipcios. Es entonces cuando se comenzó a desentrañar los secretos de una de las culturas más fascinantes que han florecido en este mundo. ¿Fue así, tal y como nos lo cuentan? Yo creo que no, que hay numerosas lagunas en toda esta bonita cronología que nos cuentan. Hay algo extraño con la civilización egipcia o ¿mejor la llamamos Imperio? ¿Acaso no es curioso que en las principales capitales del mundo se hayan erigido obeliscos? ¿Son meros monumentos conmemorativos o tienen un significado más profundo? Podemos recordar aquí el que se erige en Washington DC, o el del Central Park en New York. Tenemos el archiconocido de la Plaza de San Pedro en el Vaticano. Los hay en París, en Londres y en Estambul, la Constantinopla bizantina. En Roma tenemos varios, uno de ellos el más grande del mundo que se erige en la Piazza San Giovanni in Laterno. En Buenos Aires hay otro ubicado en la plaza de la República. La lista es grande, solo estoy nombrando los más importantes. Incluso en Zaragoza erigieron uno de metal hace no muchos años.

La historia es, de por sí, una conspiración. Ahí tenemos a Jean Harduin, un erudito clásico francés y jesuita que se convirtió en el bibliotecario del Lycée Louis-le-Grand en el siglo XVII, quién afirmara en una de sus obras que, con excepción de algunas obras, la mayoría de los textos clásicos de Grecia y Roma eran espúreos, es decir, falsos o ilegítimos. Y no contento con afirmar esto, señala a los monjes del siglo XIII guiados por un tal Severus Archontius, pseudónimo que recibiría presuntamente Federico II, el que llegara a ser el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Este monarca fue apodado como “Stupor Mundi” (faro del mundo) pero también fue conocido como el “Anticristo” por sus continuas desaveniencias con el papado. Vemos que Jean Harduin, un miembro al servicio del Poder Vaticano (uno de los más grandes falsificadores de la Historia) se dedica a denunciar la falsedad de casi todas las obras clásicas. ¿Cómo? Claro, Harduin no será el único, son legión los que, década tras década se han dedicado a denunciar esto. Algunos tuvieron la suerte de publicar sus denuncias, otros pagaron con la muerte o el más completo ostracismo su osadía. De nada sirvió, el Poder Papal, amparado por Nobles, ejército y por las buenas gentes que en su ignorancia se creían cualquier cosa que dijeran los letrados y doctos de la iglésia, apoyaron todo un conjunto de mentiras que estaban literalmente acabando con la verdadera historia del mundo y de las naciones.

Cabe recordar aquí que buena parte de los relatos historicos en los que se fundamenta el edificio de la Historia y la cronología de Reyes, naciones y civilizaciones creada por Josep Justus Scaliger (erudito calvinista francés, siglo XVI) y Denis Pétau (jesuita del siglo XVI), se fundamentan en el relato de la Biblia y en los relatos históricos de los libros clásicos, con la adición de algunos cronicones cuyos contenidos también han sido, a menudo, puestos en duda.

Luego de las falsificaciones escritas, tenemos las de monedas, antigüedades, esculturas, epigrafías, y un largo etcetera. Podemos asegurar que la falsificación no es cosa de ahora sino que ya se practicaba con profusión en el pasado y con mejor fortuna, si cabe, que en la actualidad, ya que la cultura y el conocimiento eran menor y era más fácil dar gato por liebre. Aquí, en la Península Ibérica es vox populi entre los coleccionistas más veteranos y profundos conocedores que más de la mitad de las monedas íberas y romanas que circulan son falsas. También hubo y hay inscripciones falsas, sean sobre piedra o bronces, y también se han atrevido con las de plomo. Algunas de estas falsificaciones están expuestas en los museos y, para colmo, los especialistas lo saben pero callan. Luego, muchos restos arqueológicos que aparecieron practicamente completos, fueron troceados con el fín de ser vendidos a varios coleccionistas de antigüedades de los que ya había siglos antes. El lector puede hacerse una idea del panorama de saqueo que ha sufrido y sigue sufriendo nuestro patrimonio arqueológico en el hecho de que se calcula que hay más de un 70% de restos, algunos de gran y vital importancia, en manos de coleccionistas particulares. Las inscripciones ibéricas son una cacofonía inteligible a causa de toda esta situación. Los estudios se han de enfrentar con numerosas falsificaciones y algunos se han dado ya cuenta de ello, pero, como he dicho antes, callan ante la importancia económica y de renombre que tiene para algunos museos la tenencia de estas falsificaciones. Y si pensamos que todas estas desgracias solo ocurren aquí, están equivocados. Este expólio es universal y está lejos de haber finalizado. Se sabe que hay más momias fuera de Egipto que en él. Durante decenios la compra-venta de momias y ajuar egipcio fue un lucrativo negocio. Pero no piensen que el negocio ha decaido. Cualquier ricachón interesado en la historia se vería fácilmente tentado a comprar reliquias antiguas, a más impresionantes mejor. ¿Y que es lo que nos oculta el Vaticano? Aquí ya no podemos menos que imaginar sin llegar a tener una imagen clara de qué incalculables tesoros históricos nos ocultan. Ellos han sido los mayores saqueadores de todos los tiempos, así que lo que poseen oculto podría dejarnos a todos no sólo anonadados sino incluso confundidos a tal extremo que no sabríamos ya que creer ni donde posar nuestros pies sintiendo que hasta la propia Tierra que nos sostiene se desvanece por no ser más que un fugaz reflejo de lo que nos han ocultado.

Visto este panorama tan desolador, uno no puede más que preguntarme ¿de verdad sirve de algo querer saber de una historia tan falsificada y amañada? ¿merece la pena seguir adelante en el empeño? En mi honesta opinión, debemos tener una mente detectivesca para poder ir reuniendo pacientemente todas las partes para poder alcanzar un mínimo éxito. Y lo que vayamos clarificando solo afectará a la zona en concreto en la que nos hemos centrado y que, evidentemente, no será global. Quizás mil detectives trabajando todos al unísono y bajo un mando central podrían juntar las suficientes evidencias como para que, después, un grupo de sabios analizarán el material durante años y llegaran a ciertas conclusiones que podrían considerarse muy acercadas a la realidad.

Entre mis muchas aficiones está reunir muchos mapas antiguos. Me fascinan los mapas y los planos. He llegado a juntar una buena colección. Estos mapas y planos nos dicen mucho del pasado, más que algunos libros. Otra cosa que me gusta es coleccionar viejos grabados con imágenes de lugares, de piezas arqueológicas, de esculturas, de arquitectura. Es interesante ver todo este material de hace dos, tres, cuatro siglos atrás. Es importante porque es en esta época cuando se reescribe de un modo metódico y universal toda la historia de nuestro pasado. Así descubres cosas muy interesantes, como que muchas ruinas romanas y griegas estaban ya a la vista en el siglo XVII, e incluso habitadas. Qué la gente se paseaba por buena parte de las ruinas de Pompeya y Herculano, que el gótico no es algo del siglo XIII al XVI sino que continuó hasta principios del siglo XX, que numerosas ciudades y ríos cambiaron de nombre por otros a los que, después se les dio una “fecha de nacimiento” muchos siglos anterior para así poder dar legitimidad al bautizo. Que se han borrado del mapa y de la historia grandes Imperios que, además tuvieron una inmensa importancia mientras que se cita a profusión otros que ni tan siquiera lo fueron.

¡Todo mentira! ¡No! todo no; se han dejado pistas para los iniciados, aquellos que saben leer entre líneas y quienes han tenido el privilegio de convertirse en custodios de esas valiosas piezas del gran puzzle de la historia. Al historiador europeo se le ha educado de un modo tan egocéntrico que es incapaz de mirar más allá de su propio entorno cultural. Sabe que existe todo un mundo donde indagar y, no obstante, la educación académica ha sido tan demoledora en su psique que es incapaz de mirar a las culturas de otros continentes sin abandonar la incierta “superioridad” de la suya propia. Este historiador con anteojeras no podrá alcanzar la iluminación necesaria para poder comprender el gran enigma, que es el mismo que durante setenta y dos años nos ha ocultado la CIA y otros muchos gobiernos y que resumo en las palabras que me dijera hace muchos años un amigo italiano jesuita: “Non siamo di questo mondo e i visitatori delle stelle ci stanno visitando da sempre.”.

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