La tierra es de quien la trabaja

Hoy, después de mucho tiempo, he comenzado a laborar en la pequeña parcela familiar. Así, que después de pasar unos años abandonada hemos decidido, mi compañera y yo hacer un pequeño huerto. No es la primera vez que hacemos una huerta, o confeccionamos un jardín, o montamos una casa de madera, o hacemos un lago para peces, o un gallinero. Es algo que siempre nos ha gustado y que echábamos de menos ahora que nos ha tocado vivir en la ciudad.

Después de limpiar de altos matorrales los 60 m2 que teníamos de «jardín». Lo primero que hicimos es plantar los árboles ornamentales y las plantas. Después comenzamos a dar forma a un pequeño estanque para peces y a nuestra estatua de Buda. Un toque oriental. (fotos de propiedad personal)

Mientras le daba a la azada bajo el sol estival de la mañana, pensaba en la frase que hizo famosa Emiliano Zapata Salazar, el mundialmente conocido líder militar y campesino, quien representó la proclamación de la reforma agraria, propuesta en el año 1911, durante la Revolución mexicana. Zapata decía: “La tierra es de quien la trabaja”. Esta corta frase, tan llena de razón y justa en su enunciado se convirtió en una de las frases que más repitieron todos los que luchaban contra la tiranía de aquellos grandes señores que poseían miles y miles de hectáreas de tierras que, prácticamente se echaban a perder pues nadie las trabajaba o, por el contrario, habían hecho de ellas inmensas plantaciones que eran trabajadas duramente y de sol a sol por pobres jornaleros o incluso por esclavos. Eso no era justo, ni lo uno ni lo otro, y en aquel entonces tener tierras y cultivar era una garantía de supervivencia para millones de personas. Así que esa frase se convirtió en toda una exigencia revolucionaria para los más desfavorecidos y, por supuesto, en una consigna de los movimientos socialistas y comunistas de todo el mundo.

Además de asfaltar con piedras algunos metros para montar una pequeña zona para comer, montamos un pequeño huerto en una de las zonas del jardín. Incluso nos creció un «paraguayo» que acabó dando frutos. (fotos de propiedad personal)

Es sabido que los musulmanes siempre han repartido y compartido los recursos naturales entre la comunidad. Hay un hadith de la Sharia (la ley musulmana) que dice: “Los musulmanes se reparten tres cosas: el agua, los pastos y el fuego”. Es ley entre ellos que aquel o aquella familia que cultivaba una tierra de dominio público o que no pertenecía a nadie, tuviera un derecho especial sobre ella, y por tanto, era de su propiedad mientras la cultivase.

Los primeros cristianos también tenían iguales leyes de reparto equitativo y de cuidado y explotación comunal de la tierra. Heredaban los ancestrales principios de otros pueblos que se regían por principios propios de grandes clanes tribales en los que todos cuidaban de todos y no se permitía que nadie pasase penuria ni tuviera una tarea con la que poder enriquecer a la comunidad. Entonces no existía el duro trabajo para terceros por un salario de hambre. Todo eso vino después, cuando unos pocos se arrogaron en élite y decidieron explotar a sus semejantes sometiéndolos con el uso de la más brutal de las violencias y el miedo a perder lo poco que les dejaban para malvivir.

También montamos una casa de madera que acabó siendo mi estudio de trabajo y pequeño almacén. Obsérvese que el jardín está situado en la planta baja de un bloque. (fotos de propiedad personal)

No cabe duda que cuando uno hinca la azada en la tierra comienza a entablar una íntima relación con el medio natural. Cierto que hay un proceso de destrucción previa. Yo siempre le explico a las plantas lo que va a suceder y porqué. De algún modo deben entenderlo pues siempre nos han agasajado con un hermoso y abundante fruto. «Es que tenéis buena mano para esto» nos dicen. Puede que sea así, pero la Tierra siempre te recompensa si tú tienes una correcta relación con ella. El trabajo es duro, especialmente cuando hay que preparar la tierra, el sistema de riego, y plantar. Pero es reconfortante ver como salen los primeros frutos y crecen de día en día hasta alcanzar su madurez. Todo el mundo debería practicar la agricultura en algún momento de su vida, hay algo mágico y especial en esta labor, y más si lo hacemos con respeto y amor. No todo el mundo se acerca así a la naturaleza. Hay quienes sólo piensan en la productividad y en hacer las cosas con el menor costo de tiempo y esfuerzo. Ves a muchos como envenenan sus tierras con potentes herbicidas (aunque ha sido prohibido su uso en muchos sitios) y fumigan constantemente para todo tipo de plagas. Utilizan toda clase de cachivaches mecánicos para recoger el fruto sin pensar que estas máquinas hacen daño a las plantas y árboles. Nosotros entendemos esta labor como un arte en el que todo debe estar en equilibrio. Conocemos remedios naturales para muchas plagas, hacemos uso de diferentes combinaciones de cultivos. Si fumigamos algunos preparados, son naturales y, a menudo, hechos por nosotros mismos. Nuestros cultivos son «ecológicos», un término que no nos gusta utilizar pues es un «palabro» de esos que ahora les gusta tanto crear para venderte algo como si fuera «nuevo», «sano», etc. Nos gusta más llamarlo cultivo tradicional, el que estaba en uso antes de la revolución industrial que también afectó a la agricultura.

Qué bonito es ver crecer el fruto, en este caso unos pimientos de piquillo. (fotos de propiedad personal)

Hay que recordar que en la Península Ibérica y más exactamente en Al-Andalus, hace siglos se desarrolló uno de los más avanzados sistemas agrícolas del mundo. Además de que se plantaron con éxito numerosas especies vegetales y frutas, en conjunción con numerosas plantas medicinales y especias, se hizo un uso muy racional y equitativo del agua. Existía una planificada legislación para establecer el uso compartido del agua. De hecho, proliferaron personajes públicos como el sahib al-saqiya, el zabacequia, o repartidor del agua, el qada almiyah (alcalde del agua), y el funcionario llamado al-amin al-maa. La figura del amin, en árabe, «el digno de confianza», pasó a los regadíos de la zona cristiana con el arabismo alamín en Castilla, y alamí en Valencia.

Los agricultores ahora sufren mucha incomprensión por parte de quienes nos gobiernan, que solo piensan en beneficiar a las grandes corporaciones y a los intermediarios. Venden los recursos que deberían ser de todos nosotros a estos parásitos que sólo buscan el beneficio inmediato y someter al pueblo a sus intereses. Cada vez veo más campos abandonados y pocas personas quieren dedicarse al noble oficio de la agricultura, del pastoreo, de la ganadería. Para que cultivar si nos pagan una miseria por el fruto de nuestro trabajo. Todos estos sectores sobreviven gracias a los subsidios que reciben pero, ¿no es más rentable para todos (los subsidios salen de nuestros impuestos) que se page un precio justo por lo que se produce, que se acabe con esa mafia de intermediarios que dictan los precios y se prime el consumo de producto nacional en detrimento del que nos imponen del exterior?.

El Gobierno que no defiende los intereses del pueblo al que representa no es legítimo a nuestros ojos y, en consecuencia, se convierte en algo superfluo, en un enemigo incluso de nuestros intereses. ¡Dichosas las naciones que se libran de sus gobiernos y vuelven a las antiguas leyes naturales que imperaban entre los clanes de la antigüedad! volverán a vivir como en la ancestral Arcadia, como en la Jerusalem Celestial, como en la mítica Asgard, como en la Sagrada Thule, como en la hermosa Xanadú, como en el oculto Shambalah, en definitiva como en el Jardín del Edén.

Con el tiempo aquel pequeño terreno de 60 m2, se convirtió en un pequeño Paraíso.(fotos de propiedad personal)

Quien sabe, quizás haya un atisbo de esperanza para el género humano, especialmente si empuña en sus manos la azada, y comienza a amarse a sí mismo, a sus semejantes y a la naturaleza.

© Alman – 2019

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