La ingenuidad de una joven humanidad

Hay quienes creen que Dios existe y los que niegan su existencia. Para los que niegan su existencia nada hay que podamos decir aquí que les otorgue la razón o se la niegue, pues vamos hablar de Dios para los que creen en él.

Lo primero que tenemos que decir de Dios es que existen muchas concepciones o ideas con respecto a lo que significa esta palabra. Así, podemos idealizar a Dios de varias maneras y voy a exponer aquí las más populares:

  1. Como Dios artífice de todo lo Creado, sea animado e inanimado, visible e invisible..
  2. Como aquella esencialidad espiritual que habita en cada cosa manifestada.
  3. Como un ser antropomorfo o perteneciente a la familia homínida que ha alcanzado la máxima excelencia y gloria que le es posible a un ser de nuestra especie.
  4. Como un ser amórfico que ha creado al hombre y a otras criaturas y lo ha colocado en un universo virtual.
  5. Como algo misterioso, incomprensible para nuestra limitada mente y causa inmanente de todo cuanto existe y también de cuanto no ha sido manifestado.

Podemos reunir estas cinco maneras en dos globales. La primera nos presenta la siguiente conceptualización de la divinidad que reune los puntos 1, 2 y 5. La segunda los puntos 3 y 4.

La primera conceptualización engloba una imagen abstracta e incomplensible de la divinidad. Algo que escapa de la natural capacidad de la mente por racionalizarlo todo bajo imágenes y recuerdos sensoriales. De la Divinidad misteriosa que se nos presenta como un enigma indescifable bien poco podemos decir y explicar. Siendo como es en su conceptualización, algo que lo engloba todo, convierte cualquier cosa y ser en divino por esencia y nos aboca al panteísmo más absoluto. Todo es Dios y por lo tanto, nosotros somos de su misma naturaleza, divinos.

La segunda conceptualización se circunscribe en el terreno del Dios antropomórfico, es decir, a «nuestra imagen y semejanza». Este tipo de divinidad es, en definitiva la más cercana al entendimiento humano y, por tanto, la más fácil de asimilar por la mayoría de nosotros. Cuando describimos a los demás un Dios con forma humana, al que muchos imaginarán como un anciano de barba blanca, enseguida todo el mundo puede visualizarlo y comenzar a creer con facilidad en él. Si encima, a ese Dios lo rodeamos de ayudantes (dioses subalternos o ángeles), de una diosa consorte y de descendencia, pues comenzamos a crear un Olimpo, y la gente aun comprende mejor cual es el papel divinal que interpreta cada uno de ellos. Los más incisos verán en esta corte divinal los atributos, virtudes y cualidades de Dios manifestándose como entes antropomórficos que emanan de la Divinidad. Es así como se pasó del moneteísmo al politeísmo.

Evidentemente, la segunda conceptualización es insuficiente y limitante si no la conjuntamos con la primera que, de por sí, la engloba en su misma descripción. La visión de un dios antropomórfico solo tiene cavida en un presupuesto que implique creación parental. Dios lo es porque se convierte en el primer padre, en aquel que engendró nuestra especie “a su imagen y semejanza”. La humanidad está inclinada a dar máxima importancia al creador y se remite a él a la hora de recibir contestación a sus preguntas más vitales: ¿porqué estamos aquí? ¿cuál es el propósito de la vida? ¿de dónde venimos? etc. Si él nos creo, sin duda el conoce la respuesta a tales preguntas. Pero si bien Dios, nuestro primer padre, nos creó, resulta que no tardó muchas generaciones en hacerse invisible e inaccesible.

Para entender porqué un gran número de la humanidad se decidieron por creer en un Dios antropomorfo en vez de una Divinidad omnipresente y sin forma está, sin duda, en cómo se generó nuestro origen en la Tierra. Al parecer, esta conceptualización de un Dios semejante a nosotros, incluso en sentimientos y reacciones parece tener más seguidores que la conceptualización de una divinidad abstracta que engloba y compenetra TODO. Como la mente del 95% de la Humanidad es incapaz de hacerse una visión razonada, aunque sea superficial, de lo que implica una divinidad abstracta ha optado por una visualización más cercana y capaz de ser comprendida por la mente más sencilla. Así, contra más humano sea Dios y más infantil el relato de la historia de la creación en la mente del creyente, tanto mejor. En general, la inmensa mayoría de los creyentes están cómodos imaginando a un soberano anciano señor de los cielos, que reparte premios a quienes cumplen con sus mandamientos y condena a los infiernos a quienes no lo hacen. Es semejante a la figura de un Rey que gobierna sobre sus súbditos ¿quién no es capaz de comprender esta imagen arquetípica? Por supuesto, Dios es un buen padre, como lo es el buen Rey que esperamos todos que nos gobierne, aunque luego las cosas no son tan idílicas como se nos muestran por escrito o en los cuentos de nuestros padres.

En otras culturas que no han abrazado el monoteísmo, la imaginación ha sido más fructífera y se ha creado toda una corte de dioses, eso sí supeditados a uno que hace de padre y señor de todos ellos. La relación de estos dioses es muy humana, demasiado. Así vemos que tienen sus líos de faldas, sus traiciones, sus celos y a menudo se pelean, se roban e incluso se asesinan. Con dioses así, la diversión está asegurada. Eso no quiere decir que el Dios monoteísta sea aburrido y solitario sentado en su trono celestial. El Dios de las religiones monoteístas tiene su esposa, Ashera, a un espíritu tentador que fue convertido en serpiente, a un hijo que fue conocido como Jesús, a una hueste de ángeles y arcángeles, serafines y querubines, a Los Santos, a los profetas, etc. La Biblia, basada en la Tora, el Corán basado en ambos libros y el Nuevo Testamento, un refrito de centenares de evangelios previos, están llenos de historias, algunas de ellas de lo más psicodélico y delirante que se haya leído en la que se nos presenta a toda esta cohorte celestial.

Estos dioses antropomórficos se han presentado de muchas formas pero en todas ellas impera un Leif motiv: «Yo Dios, soy la hostia, y todos vosotros me debéis obediencia porqué soy vuestro creador». Bueno, esto refleja lo mismo que desea ese padre estricto para con sus hijos: obediencia ciega e incluso sumisión a su voluntad. Pero «¿porqué debo hacer esto papá? por que yo te lo ordeno, y punto». Esto lo entiende cualquiera. Pero mientras Dios se comporta con rudeza en unos capítulos en otros hace de padre comprensivo que permite ciertas libertades a sus hijos. La versión de un Dios Padre ha tenido un gran éxito, ya que es algo que entiende hasta el más duro de mollera. A los predicadores y sacerdotes les iba de perlas este símil. Dios Padre que ejerce su orden y mandato sobre sus hijos, la humanidad.

Hay otras versiones del Dios Padre, algunas muy antiguas que están volviendo a la actualidad. Por ejemplo la del Dios o dioses alienígenas que crean al hombre, y aquí hay muy diversas historias, y después se marchan con la promesa de que volverán. Cabe recordar aquí que muchos pueblos de América creían que los hombres blancos eran los dioses venidos a salvarles y a darles una nueva civilización. Entonces los recibieron con gran reverencia y se les llevó en presencia de sus gobernantes y sacerdotes. Estaban maravillados por sus navíos, su alta estatura, sus pobladas barbas, los caballos que trían, las armas y las armaduras de metal y aquellos extraños bastones que producían truenos y humo. Aprovechando aquel cálido y reverencial recibimiento de aquellas gentes entusiasmadas por su esperada llegada, los “dioses” se hicieron con aquellas civilizaciones, mataron a sus gobernantes y a quienes se les opusieran, convirtieron a millones en esclavos, les robaron su oro, su plata, sus piedras preciosas, su libertad, sus tierras, y su dignidad como hombres y como pueblos. Eso es lo que hicieron hasta acabar con sus brillantes civilizaciones y su historia.

Los sacerdotes, que buscaban dotar a sus historias de una parte infantil y sencilla para consumo del pueblo también tuvieron que crear otra para aquellos que tenían otra concepción más universal y holística de la divinidad. Tuvieron que ingeniar toda clase de historias y, todas ellas eran un híbrido entre una divinidad abstracta y otra totalmente antropomórfica y material, tangible e incluso mortal. Esa extraña hibridación era, en su fundamento, una auténtica locura que, no obstante, se vendía como un misterio inextricable.

La historia de los dioses alienígenas que nos «crearon» a partir de manipulación genética o la colonización de seres extraterrestres de la Tierra son dos hipótesis que pudieron dar nacimiento al concepto de los Dios o dioses antropomórficos en la que tantos y tantos seres humanos creen. Detrás de las historias de estos dioses siempre hay un Apocalipsis y una promesa de un futuro mejor para quienes hayan sido buenos chicos y hayan obedecido los mandamientos y leyes dictadas por la divinidad/es. Es gracioso ver cómo cientos de millones de seres humanos siguen los «Diez Mandamientos dados a Moisés por Dios» según nos han llegado en ¡las Bíblias del siglo XVII!. La Biblia está basada en la Torá y la más antigua Torá que se conserva está escrita en hebreo masorético y se piensa es del siglo VII dC. ¿Quieren conocer los Diez Mandamientos tal y cómo estaban escritos entonces? Pues aquí están:

  1. No harás pacto con el pueblo de esta tierra, derribarás sus altares, sus arboledas, sus imágenes y no adorarás a ningún otro dios.
  2. No tomarás a las hijas de esta tierra para tus hijos.
  3. No harás un dios de metal fundido
  4. Celebrarás la fiesta de los panes sin levadura en el mes de Abib.
  5. Suyos son todos los primogénitos varones, todos los primogénitos de tus hijos los redimirás con presentes
  6. Observarás el sábado después de trabajar durante seis días.
  7. Observarás la Fiesta de las Semanas (cosecha, recogida de fin de año…)
  8. Tres veces al año todos tus machos aparecerán ante los Elohim
  9. No ofrecerás la sangre de mi sacrificio con levadura, ni dejarás que el sacrificio de la fiesta de la Pascua dure hasta la mañana.
  10. Las mejores primicias de tu tierra las llevarás a la casa del Señor
  11. No hervirás una cabra joven en la leche de su madre.

Como puede observarse, poco o casi nada se parecen a los Diez Mandamientos que nos enseñaron en las clases de religión. Por cierto ¿no eran diez los mandamientos? Pues, al parecer había un onceavo. Nada dice de no robar, de no matar o de no desear la mujer del vecino. Parece que Dios era bastante celoso de la influencia que otros dioses pudieran tener sobre sus creyentes. Si es un Dios Todopoderoso ¿cómo puede tener temor a otros dioses? Eso si se preocupa de las fiestas, de que los primogénitos le sean entregados y de los sacrificios. Es muy vanidoso y le encante que le están cantando alabanzas todo el tiempo. En definitiva, se nos presenta un dios demasiado humano y, de hecho, la Biblia está llena de pasajes reafirmando esta humanidad de dios. Incluso tiene hambre y se cansa. A menudo se le denomina «Señor de los ejércitos» y se comporta en no pocas ocasiones como un ser inmisericorde, iracundo y de un modo despótico e irracional. Pero la incipiente inteligencia de la mayoría de la Humanidad, mucha de ella fruto de la lamentable educación recibida en su juventud, en escuelas, institutos y universidades, es incapaz de ver estas «peculiaridades» de la divinidad o divinidades a las que rezan y entregan su fe. Está claro que un simple análisis psicológico de la figura del «dios bíblico» nos mostraría un ser desequilibrado y para nada fiable. Por supuesto, es dios creado por los sacerdotes para sus intereses particulares aunque, no obstante, subyace un fondo de verdad que inquieta por si mismo.

Hay cientos de millones de seres humanos que esperan que este dios, dioses vuelva a la Tierra, para que acabe con todas las injusticias y sufrimientos engendrados por (curiosamente) por los que dicen haber sido elegidos por «la divina providencia» para gobernarnos. Un dios, dioses que hagan justicia, reparen los daños y conviertan este mundo en un paraíso. Podría ser así o, tal vez no.

Un dios alienígena es tan posible como lo fueron para los indígenas de América los «dioses blancos». Así, que antes de creer en un dios o en dioses, pregúntate si no estás siendo demasiado ingenuo en ceder tu voluntad y tu razón a algo o alguien del que desconoces casi todo y que, lejos de traerte un paraíso prometido puede llevarte al peor de los infiernos como, desafortunadamente, ya ha ocurrido en más de una ocasión en la historia de la humanidad.

Por otro lado, esta el espíritu de la Divinidad que habita en todas las cosas y que constituye el Gran Misterio del Cosmos. Nosotros somos parte de esa divinidad y nuestro cometido es encarnar lo divino en nuestras vidas. El advenimiento de la justicia y de la armónica convivencia de la humanidad está en cumplir su cometido espiritual. Los «dioses» han conseguido la paz y el orden en muchos mundos pero, ha sido mediante el uso de la tecnología, el control cibernético y neuronal de los seres humanos y la manipulación genética. Sí, son mundos sin conflictos, pero porque la sedición ha sido convenientemente erradicada de la mente mediante todo tipo de manipulaciones. La posibilidad que ya apunté en otro escrito, de que acabemos siendo parte de una gran colmena dirigida por un supercerebro no es fruto de un cuento de ciencia ficción. No es que todos los mundos poblados que hay en el Cosmos sean así, pero la posibilidad de que caigamos en malas manos por nuestra estupidez es algo que entra dentro de lo muy posible. Y es que somos una humanidad aun muy joven, llena de brío y con ganas de comernos la vida, como todo lo que es joven, pero inmaduros para comprender que podemos ser depredados por seres que nos llevan mucha ventaja y experiencia.

Como he dicho en otras ocasiones, las cosas no son como aparentan y… Como es abajo es arriba y viceversa.

© Alman, 2019

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